Ocurría a finales de agosto, cuando las noches empezaban a conquistar horas a la tarde y regresábamos a casa pastoreando las vacas por los oscuros caminos de tierra. Partíamos aún de día, sabiendo que pronto nos echarían de menos al poner la cena en la mesa. El atardecer nos asaltaba en mitad de la ruta, tras las caderas tambaleantes de las rubias. En aquel entonces las veredas se iluminaban como por guirnaldas tenues. Pequeñas luces asomaban entre las zarzamoras, bajo los capullos de las campanillas silvestres…
Cautivas en las manos curiosas de un niño, su brillo se tornaba efímero y la luciérnaga se volvía un escarabajo más, sin mayor resplandor que una hormiga. Pero libres, en aquellas sendas del verano rural, el ritual de apareamiento de los lampíridos se desarrollaba con todo su esplendor.
Las hembras, como princesa en su torre, prendían el candil del cortejo esperando ser encintadas por algún caballero andante que volase a su encuentro. Una vez fecundadas, la luz de la pasión y el candor de la noche se esfumaban. La ciencia de este brillo de conquista se debe a la bioluminicencia que producen las enzimas luciferasas al reaccionar con el oxígeno. Si queréis descubrir más sobre esta reacción química o sobre las luciérnagas os recomendamos ojear el proyecto colaborativo Gusanos de luz, donde intentan documentar las poblaciones españolas de este insecto y promueven la divulgación.
GUSANOS DE LUZ
También hay que decir que no todo es poesía en este animal tan literario. Las luciérnagas son unos depredadores muy voraces. Viven unos dos años. Casi toda su vida como larvas. Tras su metamorfosis en escarabajo, será cuando las hembras puedan iluminar su abdomen en busca de pretendientes con los que fecundar sus huevos y fenecer completando su ciclo vital. Durante estos dos años de vida, las larvas de luciérnaga son excelentes cazadoras. Persiguen el rastro de moco de babosas y caracoles con el objetivo de inyectarles veneno con el que paralizar a sus víctimas y devorarlas.
Tras conocer las técnicas de busca y captura de presas de los lampíridos, el animal se torna menos inocente que aquellos puntos luminiscentes que habitaban los faroles de los duendes de cuentos infantiles. Pese a esto, su relevancia en el ecosistema natural y su aporte a la variedad de la fauna ibérica es imprescindible.
Hace treinta años era fácil cruzarse con el ritual de las luciérnagas en las noches de verano, entre junio y agosto. Los pesticidas, la deforestación y, sobre todo, la contaminación lumínica parecen haber convertido este espectáculo natural en un evento difícil de avistar. Aunque el conteo de población no esté suficientemente documentado, el número de luciérnagas parece que se ha reducido drásticamente.
Aún así, puedes intentar cruzarte con estos brillantes seres vivos. Si quieres encontrarlos, deberás frecuentar los bosques durante los meses de verano en la primera hora tras la puesta de sol. Quizá el espectáculo de ver las veredas de los caminos repletos de luces como antaño ya no sea posible en las montañas de Lugo, pero puede que te cruces con varios de estos escarabajos reclamando la atención de sus caballeros andantes. No perdáis la oportunidad y no dejéis de documentarnos vuestra experiencia.
Fotografía de portada de Allison Oliphant en Unsplash





