
¿A quién no le gusta despertarse una mañana de invierno entre sábanas calientes y sin ninguna obligación en la agenda? Acercarse a la ventana de cristal humedecido por el contraste térmico y descubrir un paisaje blanco. La borrasca ha amainado y la calma gobierna bajo un gélido manto impoluto.
Preparar el desayuno y, con las manos abrazando la taza caliente, otear un horizonte por escribir desde el cálido interior del hogar. Abrigarse y ponerse un buen calzado. Abrir la puerta y sentir en la cara una brisa ya no tan fría, casi templada de un sol que rebota desde el suelo.
Si estuvieses en una ciudad, la nieve ya sería un amasijo gris o, en el mejor de los casos, amarillento. El tráfico, entorpecido por el clima, no deja de ser ruidoso. Algunos comercios abrirían sus puertas y los vecinos recorrerían la calle no sin miedo a un peligroso resbalón sobre el asfalto.
En cambio, vivir una nevada en pleno campo, rodeado de montañas, sin vecinos ruidosos, sin cláxones inoportunos, con todo un manto de nieve por estrenar, es una experiencia muy distinta.
El bosque nevado está más tranquilo que nunca. Solo el gotear del deshielo despierta de esa especie de minuto que no avanza, pues el tiempo en un bosque nevado ofrece esa sensación estática de letargo.
Si queréis vivir un invierno de verdad, tenéis que acercaros a la nieve. Ya sabéis, vigilad bien las previsiones del tiempo, preparad una maleta con mucho abrigo, calzado, guantes, bufanda, chocolate para hacer a la taza y conseguid alguna casa en el campo para que todo sea perfecto. Ya sabéis que en Os Prados da Albela estamos a vuestra disposición para que cumpláis vuestros sueños 😉 Lo de la guerra con bolas de nieve, el muñeco con nariz de zanahoria o los ángeles en el suelo ya queda a vuestra elección.




















